sábado, marzo 12, 2005
Overture to a Dance of Locomotives
Men with picked voices chant the names
of cities in a huge gallery: promises
that pull through descending stairways
to a deep rumbling.
The rubbing feet
of those coming to be carried quicken a
grey pavement into soft light that rocks
to and fro, under the domed ceiling,
across and across from pale
earthcolored walls of bare limestone.
Covertly the hands of a great clock
go round and round! Were they to
move quickly and at once the whole
secret would be out and the shuffling
of all ants be done forever.
A leaning pyramid of sunlight, narrowing
out at a high window, moves by the clock:
disaccordant hands straining out from
a center: inevitable postures infinitely
repeated--
two--twofour--twoeight!
Porters in red hats run on narrow platforms.
This way ma'am!
--important not to take
the wrong train!
Lights from the concrete
ceiling hang crooked but--
Poised horizontal
on glittering parallels the dingy cylinders
packed with a warm glow--inviting entry--
pull against the hour. But brakes can
hold a fixed posture till--
The whistle!
Not twoeight. Not twofour. Two!
Gliding windows. Colored cooks sweating
in a small kitchen. Taillights--
In time: twofour!
In time: twoeight!
--rivers are tunneled: trestles
cross oozy swampland: wheels repeating
the same gesture remain relatively
stationary: rails forever parallel
return on themselves infinitely.
The dance is sure.
William Carlos Williams (de Sour Grapes, 1921)
of cities in a huge gallery: promises
that pull through descending stairways
to a deep rumbling.
The rubbing feet
of those coming to be carried quicken a
grey pavement into soft light that rocks
to and fro, under the domed ceiling,
across and across from pale
earthcolored walls of bare limestone.
Covertly the hands of a great clock
go round and round! Were they to
move quickly and at once the whole
secret would be out and the shuffling
of all ants be done forever.
A leaning pyramid of sunlight, narrowing
out at a high window, moves by the clock:
disaccordant hands straining out from
a center: inevitable postures infinitely
repeated--
two--twofour--twoeight!
Porters in red hats run on narrow platforms.
This way ma'am!
--important not to take
the wrong train!
Lights from the concrete
ceiling hang crooked but--
Poised horizontal
on glittering parallels the dingy cylinders
packed with a warm glow--inviting entry--
pull against the hour. But brakes can
hold a fixed posture till--
The whistle!
Not twoeight. Not twofour. Two!
Gliding windows. Colored cooks sweating
in a small kitchen. Taillights--
In time: twofour!
In time: twoeight!
--rivers are tunneled: trestles
cross oozy swampland: wheels repeating
the same gesture remain relatively
stationary: rails forever parallel
return on themselves infinitely.
The dance is sure.
William Carlos Williams (de Sour Grapes, 1921)
viernes, marzo 11, 2005
(sin título, por ahora)
Tenés esa mirada falsa que no soporto, a pesar de que me ofrecés garrapiñadas y los colores de tu pelo me hagan reír un poco.
Mirá, flaquita, no me gusta que le des la espalda a mi cuerpo aunque tengas, sí, mi cabeza frente a vos. Date vuelta. ¡No, no dejes de mirarme! ¡Así no podemos hablar!Y encima ya no vigilás las garrapiñadas para que no te las roben. Yo no tengo manos, mis manos están allá, pero soy buenísimo robando cosas con la boca (lo hago desde chiquito). Que conste que te advertí.
¿Por qué te reís? No, me equivoqué, ¿por qué sonreís, mejor dicho? ¿Porque yo estoy acá y no estoy acá a la vez? ¿Porque de acá no me puedo mover y de allá no puedo pensar?
Al menos soy sincero, no mantengo falsas sonrisas para vender algo en lo que no creo. Seamos sinceros: vos debés odiar las garrapiñadas más que yo, pero no podés evitar la carita de comerciante, ¿no? Todo con tal de vender. Y sonreís para ver si me podés encajar garrapiñadas a mí, que las odio.
Y, sí, ya sé que debés pensar que vos estás pagando el pato por mi desgracia en este momento. Y sabés que cuando te vayas va a aparecer algún otro que me escuche hasta mandarme al diablo. Es que quisiera ser como todos, quisiera ser como antes. Quisiera ser uno, y no dos. No me gusta estar acá y estar allá al mismo tiempo. Y mejor date vuelta, que odio que me des la espalda, y ya no quiero verte más la jeta.
Mirá, flaquita, no me gusta que le des la espalda a mi cuerpo aunque tengas, sí, mi cabeza frente a vos. Date vuelta. ¡No, no dejes de mirarme! ¡Así no podemos hablar!Y encima ya no vigilás las garrapiñadas para que no te las roben. Yo no tengo manos, mis manos están allá, pero soy buenísimo robando cosas con la boca (lo hago desde chiquito). Que conste que te advertí.
¿Por qué te reís? No, me equivoqué, ¿por qué sonreís, mejor dicho? ¿Porque yo estoy acá y no estoy acá a la vez? ¿Porque de acá no me puedo mover y de allá no puedo pensar?
Al menos soy sincero, no mantengo falsas sonrisas para vender algo en lo que no creo. Seamos sinceros: vos debés odiar las garrapiñadas más que yo, pero no podés evitar la carita de comerciante, ¿no? Todo con tal de vender. Y sonreís para ver si me podés encajar garrapiñadas a mí, que las odio.
Y, sí, ya sé que debés pensar que vos estás pagando el pato por mi desgracia en este momento. Y sabés que cuando te vayas va a aparecer algún otro que me escuche hasta mandarme al diablo. Es que quisiera ser como todos, quisiera ser como antes. Quisiera ser uno, y no dos. No me gusta estar acá y estar allá al mismo tiempo. Y mejor date vuelta, que odio que me des la espalda, y ya no quiero verte más la jeta.
No saldrás impune
En el armario, ella se saca las ganas de pensar en soledad.
Raspa la pared , nerviosa.
Aún no sabe que la observan. Y sigue descascarando.
De pronto, la ve, a oscuras, en la pared blanca.
Con un puñetazo débil, pero suficiente, asesina a la pobre, sin pensarlo dos veces. La hormiga queda ahí, aplastada.
¨Quiero estar sola¨, reclama ella, como excusándose por su crimen.
Pero ya no estará tranquila.
Raspa la pared , nerviosa.
Aún no sabe que la observan. Y sigue descascarando.
De pronto, la ve, a oscuras, en la pared blanca.
Con un puñetazo débil, pero suficiente, asesina a la pobre, sin pensarlo dos veces. La hormiga queda ahí, aplastada.
¨Quiero estar sola¨, reclama ella, como excusándose por su crimen.
Pero ya no estará tranquila.
martes, marzo 08, 2005
Algo así como "El cadáver"
Y tal vez las hormigas lo coman sin darse cuenta, o queriendo, o vaya a saber qué cosas les pasen por sus cabezas negras para cometer un acto tan atroz.
Pensar que él ahora está tan indefenso y antes era tan fuerte, tan seguro, hasta podríamos decir temerario.
Expuesto al sol desde hace unas horas, en pleno verano, tiene la piel roja como una manzana roja deliciosa (sí, brillante). Se moriría si se viera, si no estuviera ya muerto, claro.
La tierra es la única que no lo dejó. Los demás ya no están. Situación de abandono. Triste, ¿no?.
Fue abandonado por los que lo mataron (cosa bastante previsible, de todas formas), y por la mismísima Susana, su media naranja, su alma gemela. Es que Susana, mujer de mundo, no deja a éste ni por broma, así que prefirió llorar un poco, jurar no decir nada e irse con los amigos de su hermano, para no quedarse sola con el cadáver en el desierto y encima tener que hacer dedo.
Sí, viejo, estás muerto y lejos de tu casa. Y Susana se fue con esos tipos, y a resignarse, porque los muertos tienden a tener dificultades para moverse y hablar y pelearse con los amigos de los hermanos de las novias.
¿Y las hormigas? Las hormigas parecen tener hambre, pero también parecen tener miedo, ya que no se acercan. ¿o será que su intención no es comer carne humana?
Lo cierto es que los bichos lo miran, lo rodean y no dejan de observarlo. Y entonces nos damos cuenta de que en realidad lo están velando, de que sienten pena, y no hambre, de que no lloran, pero que están a punto.
Y qué bueno que sean las hormigas las que lo acompañen en este momento. Y esa Susana que se vaya a la mierda, y que los matones también, y que todos se vayan a la mierda, y que solamente queden las hormigas.
Pensar que él ahora está tan indefenso y antes era tan fuerte, tan seguro, hasta podríamos decir temerario.
Expuesto al sol desde hace unas horas, en pleno verano, tiene la piel roja como una manzana roja deliciosa (sí, brillante). Se moriría si se viera, si no estuviera ya muerto, claro.
La tierra es la única que no lo dejó. Los demás ya no están. Situación de abandono. Triste, ¿no?.
Fue abandonado por los que lo mataron (cosa bastante previsible, de todas formas), y por la mismísima Susana, su media naranja, su alma gemela. Es que Susana, mujer de mundo, no deja a éste ni por broma, así que prefirió llorar un poco, jurar no decir nada e irse con los amigos de su hermano, para no quedarse sola con el cadáver en el desierto y encima tener que hacer dedo.
Sí, viejo, estás muerto y lejos de tu casa. Y Susana se fue con esos tipos, y a resignarse, porque los muertos tienden a tener dificultades para moverse y hablar y pelearse con los amigos de los hermanos de las novias.
¿Y las hormigas? Las hormigas parecen tener hambre, pero también parecen tener miedo, ya que no se acercan. ¿o será que su intención no es comer carne humana?
Lo cierto es que los bichos lo miran, lo rodean y no dejan de observarlo. Y entonces nos damos cuenta de que en realidad lo están velando, de que sienten pena, y no hambre, de que no lloran, pero que están a punto.
Y qué bueno que sean las hormigas las que lo acompañen en este momento. Y esa Susana que se vaya a la mierda, y que los matones también, y que todos se vayan a la mierda, y que solamente queden las hormigas.
martes, febrero 08, 2005
Ciudad Basura
En las Filipinas, en las afueras de su capital, Manila, existe una ciudad que está formada, literalmente hablando, por montañas de desechos.
El filipino se sentó sobre la montaña de basura.
Los gatos voladores buscaban ratones en tanto paraíso. El filipino, frío como una estatua, los observaba con hambre.
Estaba solo. Su esposa se había extraviado en la mugre. Él sabía que para ella era casi imposible tener que vivir en una ciudad donde la basura era mucho más que un problema, que constituía sus cimientos, y era la fuente de alimento y de trabajo de todos los habitantes. Él ya casi se estaba acostumbrando.
El filipino se dibujó una falsa sonrisa cuando vio que una mano se asomaba por una montaña de suciedad muy próxima.
Ella salió en unos pocos segundos. El filipino se sorprendió de que no estuviera llorando, como tantas otras veces. En cambio, se la veía furiosa.
- ¿Y? ¿Terminaste con el tema de la comida?- le preguntó la mujer, en forma despreciativa.
- Ya va, ya va.- contestó él, de mala gana.
El filipino tomó de su bolsillo la gomera, un pedazo de hueso extrañamente reluciente que reposaba a su lado, apuntó al cielo y tiró, muy seguro.
Para evitar perderlo de vista entre la porquería, la mujer corrió muy rápido hacia donde había caído el pobre gato.
Todavía vivo, miraba con ambición al ratón que, junto a él, inspeccionaba una caja de galletitas de marca norteamericana.
El filipino se sentó sobre la montaña de basura.
Los gatos voladores buscaban ratones en tanto paraíso. El filipino, frío como una estatua, los observaba con hambre.
Estaba solo. Su esposa se había extraviado en la mugre. Él sabía que para ella era casi imposible tener que vivir en una ciudad donde la basura era mucho más que un problema, que constituía sus cimientos, y era la fuente de alimento y de trabajo de todos los habitantes. Él ya casi se estaba acostumbrando.
El filipino se dibujó una falsa sonrisa cuando vio que una mano se asomaba por una montaña de suciedad muy próxima.
Ella salió en unos pocos segundos. El filipino se sorprendió de que no estuviera llorando, como tantas otras veces. En cambio, se la veía furiosa.
- ¿Y? ¿Terminaste con el tema de la comida?- le preguntó la mujer, en forma despreciativa.
- Ya va, ya va.- contestó él, de mala gana.
El filipino tomó de su bolsillo la gomera, un pedazo de hueso extrañamente reluciente que reposaba a su lado, apuntó al cielo y tiró, muy seguro.
Para evitar perderlo de vista entre la porquería, la mujer corrió muy rápido hacia donde había caído el pobre gato.
Todavía vivo, miraba con ambición al ratón que, junto a él, inspeccionaba una caja de galletitas de marca norteamericana.
sábado, octubre 30, 2004
Sobre el "encuentro" entre españoles e indígenas en el XVI (II)
... el descubrimiento de América, o más bien el de los americanos, es sin duda el encuentro más asombroso de nuestra historia... Al comienzo del siglo XVI los indios de América... están bien presentes, pero ignoramos todo de ellos... El encuentro nunca volverá a alcanzar tal intensidad, si ésa es la palabra que se debe emplear: el siglo XVI habrá visto perpetrarse el mayor genocidio de la historia humana...
Tzvetan Todorov, 1982
... los dos genocidios mayores que conoce la historia de la humanidad hasta ahora son los producidos para con los "indios" y los "negros". El de los aborígenes americanos se estima en no menos de 30 y quizás 50 o más millones, especialmente en la "hecatombe demográfica" de los siglos XVI a XVIII, pero continuándose desde entonces...
Magrassi, G. Y otros, 1982
... Habían llegado adversarios,
Inca mío,
Por encima del mar,
Inca mío.
Por qué la desventura,
Inca mío,
A agrisar viene nuestros días,
Inca mío...
Tragedia del Fin de Atawallpa
Sobre el "encuentro" entre españoles e indígenas en el XVI (I)
... hacia mediados del siglo XVI los españoles han llevado a estos inmensos territorios la administración y el derecho; se ha creado toda una legislación de Indias, protectora de los naturales, pormenorizada y previsora... han predicado la religión cristiana... y han cesado los horribles sacrificios humanos de las religiones indígenas. El amor ha unido a los españoles y las indígenas, y llevará al mestizaje... de ahí saldrán las naciones hispanoamericanas de hoy. Hay en la conquista crueldades, evidentemente, pero la obra de cultura y de amor que realiza España, vista en conjunto, borra los pormenores de exceso y crueldad...
Dámaso Alonso, 1967
...Es mérito de los españoles no sólo haber salvado la cultura prehispánica mediante la transcripción de la misma a su lengua, sino también el haberla salvado en lengua náhuatl, transcrita en caracteres latinos, y el haber recogido los textos originales, clave para la interpretación de los códices aztecas...
Giuseppe Bellini, 1997
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