¿Qué quieren esos hombres?
Quieren
que la sangre del mundo se mueva sólo en diástole
y vivir con un ojo nada más.
Quieren
que el péndulo en su curva
se pare siempre a la mitad
y oscile sólo a la derecha.
Porque tiene mareas, quieren asesinar al mar.
Quieren
que los relojes de la casa
funcionen sin tic-tac.
Quieren
que sólo se oiga el tic,
siempre el tic,
y que no se oiga el tac.
León Felipe
martes, marzo 21, 2006
lunes, marzo 20, 2006
Eritrea
En el año 1943
en Eritrea
a un costado de siglo
Virginia y yo hablábamos de un muchacho
que conocía el lenguaje de las flores
entre nubes de mosquitos
bajo un calor sofocante
Ambos creiámos firmemente en los baobas y las caricias
y no teníamos nada que ver con esa guerra
Pero al llegar a Nueva York
Virginia se compró un sombrero
yo una motocicleta
y el muchacho de quien hablámos, no sé
olvidó el lenguaje de las flores.
Néstor Perlongher
en Eritrea
a un costado de siglo
Virginia y yo hablábamos de un muchacho
que conocía el lenguaje de las flores
entre nubes de mosquitos
bajo un calor sofocante
Ambos creiámos firmemente en los baobas y las caricias
y no teníamos nada que ver con esa guerra
Pero al llegar a Nueva York
Virginia se compró un sombrero
yo una motocicleta
y el muchacho de quien hablámos, no sé
olvidó el lenguaje de las flores.
Néstor Perlongher
lunes, febrero 27, 2006
Un instante para la reflexión
Dice Valentina: "Es tan tierno como un bife de chorizo, como una vaca.". Y lo dice con ojos dulces.
domingo, febrero 26, 2006
Viejas minificciones
Insomne
Por la noche, la loca les ponía a sus ovejas camisones con flores verde manzana. Les cantaba ciertas canciones para que se durmieran. Pero ella nunca lograba conciliar el sueño, porque, a la hora de contar, ninguna oveja saltaba la valla.
Disfraces
Las sábanas cubren cada cosa de la casa. Cada cosa de la casa se queda, en realidad, y cada cosa de la casa se pregunta por qué insisten en disfrazarla de fantasma, si son ellos los que se convertirán en espectros de alguna u otra manera.
Tardanza
La muerte te esperó ansiosamente. Vos, que ignorabas lo que ella planeaba para tu futuro, te quedaste mirando la vidriera de un bazar viejo del centro. La muerte se cansó de esperarte y se fue maldiciendo. Perdiste tu oportunidad: ahora sólo te queda aprender a ser eterno.
Por la noche, la loca les ponía a sus ovejas camisones con flores verde manzana. Les cantaba ciertas canciones para que se durmieran. Pero ella nunca lograba conciliar el sueño, porque, a la hora de contar, ninguna oveja saltaba la valla.
Disfraces
Las sábanas cubren cada cosa de la casa. Cada cosa de la casa se queda, en realidad, y cada cosa de la casa se pregunta por qué insisten en disfrazarla de fantasma, si son ellos los que se convertirán en espectros de alguna u otra manera.
Tardanza
La muerte te esperó ansiosamente. Vos, que ignorabas lo que ella planeaba para tu futuro, te quedaste mirando la vidriera de un bazar viejo del centro. La muerte se cansó de esperarte y se fue maldiciendo. Perdiste tu oportunidad: ahora sólo te queda aprender a ser eterno.
domingo, febrero 19, 2006
miércoles, febrero 15, 2006
las viejas de lengua, la loca (y vieja) de historia y la de plástica a secas
sábado, febrero 11, 2006
El Cucu la tiene clara
El Cucu la mira con desconfianza. Ya no es lo mismo. Algo cambió.
María se fue, ahora vuelve. Parece una histeriquita. Que vengo, que voy, que vengo, que me vuelvo a ir. Cómo no va a estar enojado el perro.
Ahora que ella estuvo de viaje por cuarta o quinta vez desde el inicio de su relación, él aprovechó para irse a pasar unos días al campo, con un tipo un poco careta, pero piola, qué sé yo. El caretita ese lo dejaba dormir debajo de la cama, y escuchaban Jorge Drexler como dos buenos amigos.
Llegó María y se pudrió la joda. Hora de volver con las muñecas. Al Cucu le gusta estar con las muñecas, y le gusta estar con María, también, pero está enojado. Y a decir verdad, las muñecas le dan miedo: en octubre del año pasado creyó ver que una de ellas se movía, no se lo va a olvidar. Eso sí: por suerte va a poder ver al perrito ese de la vuelta al que... quiere tanto y a la amiga de María, la divina esa que le habla de igual a igual y juega con él a las escondidas. Y por suerte ya no está la rompe de la gata, la tocaya de la amiga de María. Se escapó, la loca. Era hora.
Cuando el tipo piola lo lleva de vuelta a su residencia en la calle Agustín de Arrieta, lo primero que hace es ir al patio, a ver si algo cambió.
Es una jungla, y las muñecas son ahora unas Jane estáticas. La de la lámpara como cabeza hasta tiene un vestido que podría pasar por el vestido de la novia de Tarzán. Al Cucu le gusta pensar que es el Rey de la Selva, y aúlla y los vecinos putean mientras aumentan el volumen del televisor. A él no le importa. Y le tira onda a María para que haga de Chita. O a ella no le gusta la idea, o no entiende la propuesta, o tiene ganas, pero prefiere hacerle unos mates al caretita, que tan bien se ha portado. Y, bueno, piensa el Cucu, allá ella. Una vez que los papeles se invertían... Hubiera estado interesante.
María se fue, ahora vuelve. Parece una histeriquita. Que vengo, que voy, que vengo, que me vuelvo a ir. Cómo no va a estar enojado el perro.
Ahora que ella estuvo de viaje por cuarta o quinta vez desde el inicio de su relación, él aprovechó para irse a pasar unos días al campo, con un tipo un poco careta, pero piola, qué sé yo. El caretita ese lo dejaba dormir debajo de la cama, y escuchaban Jorge Drexler como dos buenos amigos.
Llegó María y se pudrió la joda. Hora de volver con las muñecas. Al Cucu le gusta estar con las muñecas, y le gusta estar con María, también, pero está enojado. Y a decir verdad, las muñecas le dan miedo: en octubre del año pasado creyó ver que una de ellas se movía, no se lo va a olvidar. Eso sí: por suerte va a poder ver al perrito ese de la vuelta al que... quiere tanto y a la amiga de María, la divina esa que le habla de igual a igual y juega con él a las escondidas. Y por suerte ya no está la rompe de la gata, la tocaya de la amiga de María. Se escapó, la loca. Era hora.
Cuando el tipo piola lo lleva de vuelta a su residencia en la calle Agustín de Arrieta, lo primero que hace es ir al patio, a ver si algo cambió.
Es una jungla, y las muñecas son ahora unas Jane estáticas. La de la lámpara como cabeza hasta tiene un vestido que podría pasar por el vestido de la novia de Tarzán. Al Cucu le gusta pensar que es el Rey de la Selva, y aúlla y los vecinos putean mientras aumentan el volumen del televisor. A él no le importa. Y le tira onda a María para que haga de Chita. O a ella no le gusta la idea, o no entiende la propuesta, o tiene ganas, pero prefiere hacerle unos mates al caretita, que tan bien se ha portado. Y, bueno, piensa el Cucu, allá ella. Una vez que los papeles se invertían... Hubiera estado interesante.
miércoles, febrero 01, 2006
Acusan de violentos a mis posts
martes, enero 31, 2006
Nina tiene razón
Le había contado lo de aquella chica que nunca lo había podido olvidar. Le había contado lo de la chiquita, que le había hecho una escenita tierna cuando él le fue con sus planteos. Y ahora se lo decía, una vez más, a ella. Que tengo dudas, que no sé qué quiero. En fin, toda esa basura recontra repetida, ese maremagnum de clichés que ni él se creía, a pesar de sonar tan convencido.
Pero lo que estuvo buenísimo, lo que ahora ella recuerda realmente divertida, fue cuando le largó entre risas, hacia el final de una tarde espeluznante aguantada estoicamente (de paciente, de enamorada o de puro boluda, nomás): "Eso les pasa por enamorarse de un tipo como yo". Ella se dijo (para no trompearlo): "muchos lo piensan, pocos lo dicen.".
Al poco tiempo, escuchaba a Nina Persson cantar "Been it", y sentía haber llegado a un entendimiento trascendental con todas las mujeres despechadas de este mundo cruel (de resentida, de cursienta, o de puro boluda, nomás). Era un buen tipo, después de todo.
Pero lo que estuvo buenísimo, lo que ahora ella recuerda realmente divertida, fue cuando le largó entre risas, hacia el final de una tarde espeluznante aguantada estoicamente (de paciente, de enamorada o de puro boluda, nomás): "Eso les pasa por enamorarse de un tipo como yo". Ella se dijo (para no trompearlo): "muchos lo piensan, pocos lo dicen.".
Al poco tiempo, escuchaba a Nina Persson cantar "Been it", y sentía haber llegado a un entendimiento trascendental con todas las mujeres despechadas de este mundo cruel (de resentida, de cursienta, o de puro boluda, nomás). Era un buen tipo, después de todo.
lunes, enero 23, 2006
"¡¡Copate!!"
domingo, enero 22, 2006
jueves, diciembre 29, 2005
Un recuerdo
Ponés el mate dulce, que siempre se lava antes de que termine la ronda, y te sentás cruzando las piernas y poniendo las manos, esas manos, sobre la mesa. Yo te miro las manos. Te las re miro. Y escucho que hablás.
Hablás, y el perro pasa de persona a persona, buscando vaya a saber qué, porque comida, en la mesa, no hay. Sí, quiere que lo levanten, y vos, con toda la paciencia del mundo, lo levantás y seguís riéndote y contando entusiasmada las cosas que se te ocurrieron contar hoy.
Entonces, soltás las palabras, y las palabras se desparraman por toda la mesa, y todos nos preocupamos por no quedarnos sin palabras. Y yo veo en una la marca registrada de Paula, y veo la palabra "planta", tan poco significativa para mí. Y pienso: "algún día hago mía esa palabra". Pero ese día no llega. Ni siquiera la grafía de esa palabra me interesa, el diseño de las letras, el color, nada.
Veo el brillo, otra vez, de la luz en tus manos. Y cómo la derecha agarra el gancho y lo abre y lo cierra y acomoda las hojas, que tienen ojalillos y están rotas y tienen tu letra.
Y miro a mi izquierda, y está la Gabi, con los codos sobre la mesa y las manos agarradas. Seria, porque ya eligió.
El que llega tarde siempre, llega tarde, y se sienta, y hay que explicarle. Y, bueno, total, entiende rápido y, además, casi nunca hace caso.
Ahora, que ya elegí, cumplo y me quedo pululeando mentalmente. Y después viene la ronda, y después el silencio, y después la ronda final.
Y por ahí, sólo por ahí, se te ocurre, a esta altura, ponerte a leer alguna cosa. Otra vez. Y yo me alegro de escucharte, y seguro que Paula también (porque ya hemos hablado de eso), y todos te escuchamos y quisiéramos eso para nosotros.
Miro, y mi mirada atraviesa la ventana. Está oscuro. Pero igual tus manos brillan.
Hablás, y el perro pasa de persona a persona, buscando vaya a saber qué, porque comida, en la mesa, no hay. Sí, quiere que lo levanten, y vos, con toda la paciencia del mundo, lo levantás y seguís riéndote y contando entusiasmada las cosas que se te ocurrieron contar hoy.
Entonces, soltás las palabras, y las palabras se desparraman por toda la mesa, y todos nos preocupamos por no quedarnos sin palabras. Y yo veo en una la marca registrada de Paula, y veo la palabra "planta", tan poco significativa para mí. Y pienso: "algún día hago mía esa palabra". Pero ese día no llega. Ni siquiera la grafía de esa palabra me interesa, el diseño de las letras, el color, nada.
Veo el brillo, otra vez, de la luz en tus manos. Y cómo la derecha agarra el gancho y lo abre y lo cierra y acomoda las hojas, que tienen ojalillos y están rotas y tienen tu letra.
Y miro a mi izquierda, y está la Gabi, con los codos sobre la mesa y las manos agarradas. Seria, porque ya eligió.
El que llega tarde siempre, llega tarde, y se sienta, y hay que explicarle. Y, bueno, total, entiende rápido y, además, casi nunca hace caso.
Ahora, que ya elegí, cumplo y me quedo pululeando mentalmente. Y después viene la ronda, y después el silencio, y después la ronda final.
Y por ahí, sólo por ahí, se te ocurre, a esta altura, ponerte a leer alguna cosa. Otra vez. Y yo me alegro de escucharte, y seguro que Paula también (porque ya hemos hablado de eso), y todos te escuchamos y quisiéramos eso para nosotros.
Miro, y mi mirada atraviesa la ventana. Está oscuro. Pero igual tus manos brillan.
viernes, diciembre 23, 2005
El Jardín de las Delicias
Bueno, acá va otro post para que comenten. Mi amiga Florencia Fernández me mandó desde Suecia una postal (comprada en Madrid), conocedora de mi inclinación hacia los cuadros de El Bosco. Es El Jardín de las Delicias, como pueden apreciar. Esta es la parte central (el tríptico completo sería imposible de ver y no quiero que me culpen por ponerse más chicatos. ¡Al fin de cuentas, ustedes son los que se la pasan navegando de blog en blog y se arruinan la vista!).
lunes, diciembre 05, 2005
Bronquitas
Me pasó con vos lo mismo que me pasó con Papá Noel.
Sabés de lo que estoy hablando. No te hagas el distraído.
Sabés de lo que estoy hablando. No te hagas el distraído.
Historia del gallo por partes/III
Gallo en problemas
-¿Fiambre?
-Algo muerto y frío.
Descubren que uno de los chanchos de la granja de don Antolino Martín, tal vez el más cochino de todos, Azul Cielo y de Ultramar, ha perecido de un modo más que dudoso: ahogado en un estanque de agua mugrienta.
Se escuchan opiniones y comentarios confusos:
-¿Se habrá trompezado?
-¡Tropezado, bestia!
-Era medio tololo, Azul Cielo y de Ultramar.
-Oink, oink.
-¡Ponete las pilas, che!
-Para mí lo asesinaron...
-¿Quién lo pudo haber empujado?
-Este Azul Cielo era como el pato, un paso y una...
-¡Eh! ¿Qué te pasa?
Al final, todos llegan a la conclusión de que Azul Cielo y de Ultramar ha sido empujado.
Claro, en la granja de Antolino Martín, los animales siempre mueren en manos del amo o por causas naturales. También lo hacen por propia torpeza: en una ocasión, una oveja distraída se durmió con la almohada encima; otra vez, un perro, jugando a la ruleta rusa, se pegó un tiro en la espalda; incluso una gallina se cortó el pescuezo para hacer un chiste y resultó que no se pudo volver a poner la cabeza y encima se murió.
Pero lo de Azul Cielo y de Ultramar es raro. Y las sospechas sobre un posible asesinato crecen por tratarse de la muerte de un personaje más que polémico. Azul Cielo era alguien que no solía caer bien a los animales, y carecía de amigos: de chico no prestaba, desenroscaba las colas de sus compañeros, en su juventud se había afiliado a algún que otro partido de mala reputación. En su vida, realmente, ha cometido muchos chanchullos.
¿Pero quién fue el autor del crimen? Las dudas se disipan cuando descubren unas marcas como de pico en las nalgas del occiso. Es decir, lo pincharon y pincharon hasta tirarlo en el estanque. Aquí, el círculo de sospechosos se reduce a los animales de pico puntiagudo: los gallos, las gallinas y pará de contar. Y una tarde, poco tiempo después del suceso, una vaca que pasea por los alrededores de los depósitos de don Antolino descubre al gallo más joven afilándose el pico con una máquina afiladora. De más está decir que todos lo inculpan. Así, el gallo joven es expulsado de la granja por decisión de los mismos animales, al chancho lo lavan y lo hacen jamón y el gallo viejo, reconciliado con Antolino, retoma su antiguo puesto.
Pero el gallo joven, que insiste en su inocencia, ha jurado volver con pruebas de que todo ha sido un complot en su contra.
-¿Fiambre?
-Algo muerto y frío.
Descubren que uno de los chanchos de la granja de don Antolino Martín, tal vez el más cochino de todos, Azul Cielo y de Ultramar, ha perecido de un modo más que dudoso: ahogado en un estanque de agua mugrienta.
Se escuchan opiniones y comentarios confusos:
-¿Se habrá trompezado?
-¡Tropezado, bestia!
-Era medio tololo, Azul Cielo y de Ultramar.
-Oink, oink.
-¡Ponete las pilas, che!
-Para mí lo asesinaron...
-¿Quién lo pudo haber empujado?
-Este Azul Cielo era como el pato, un paso y una...
-¡Eh! ¿Qué te pasa?
Al final, todos llegan a la conclusión de que Azul Cielo y de Ultramar ha sido empujado.
Claro, en la granja de Antolino Martín, los animales siempre mueren en manos del amo o por causas naturales. También lo hacen por propia torpeza: en una ocasión, una oveja distraída se durmió con la almohada encima; otra vez, un perro, jugando a la ruleta rusa, se pegó un tiro en la espalda; incluso una gallina se cortó el pescuezo para hacer un chiste y resultó que no se pudo volver a poner la cabeza y encima se murió.
Pero lo de Azul Cielo y de Ultramar es raro. Y las sospechas sobre un posible asesinato crecen por tratarse de la muerte de un personaje más que polémico. Azul Cielo era alguien que no solía caer bien a los animales, y carecía de amigos: de chico no prestaba, desenroscaba las colas de sus compañeros, en su juventud se había afiliado a algún que otro partido de mala reputación. En su vida, realmente, ha cometido muchos chanchullos.
¿Pero quién fue el autor del crimen? Las dudas se disipan cuando descubren unas marcas como de pico en las nalgas del occiso. Es decir, lo pincharon y pincharon hasta tirarlo en el estanque. Aquí, el círculo de sospechosos se reduce a los animales de pico puntiagudo: los gallos, las gallinas y pará de contar. Y una tarde, poco tiempo después del suceso, una vaca que pasea por los alrededores de los depósitos de don Antolino descubre al gallo más joven afilándose el pico con una máquina afiladora. De más está decir que todos lo inculpan. Así, el gallo joven es expulsado de la granja por decisión de los mismos animales, al chancho lo lavan y lo hacen jamón y el gallo viejo, reconciliado con Antolino, retoma su antiguo puesto.
Pero el gallo joven, que insiste en su inocencia, ha jurado volver con pruebas de que todo ha sido un complot en su contra.
martes, noviembre 29, 2005
lunes, noviembre 28, 2005
Las manos mágicas
domingo, noviembre 27, 2005
En el Palacio del Kitch
En esta foto podemos apreciar una gran cantidad de objetos que podrían encontrarse en muchas casas de veraneo. Pero se trata de una única casa, un departamento marplatense.Sí, el bonsai con un pelo teñido enganchado (que no se ve bien) es interesante, al igual que la pluma de pavo real (falsa y como, ugh, húmeda) o las sandalias de goma y plataforma con motivo de flor en plástico. Pero, realmente, yo me quedo con el espejo de marco símil bronce, en papel corrugado fucsia, y flores y mariposas plásticas "haciendo juego". MI hermana desentona un poco con el ambiente, y yo... creo que no.
jueves, noviembre 24, 2005
Historia del gallo por partes/II
Riña de gallos
Gran contienda se establece entre los dos gallos. En una esquina, el viejo, peso pluma, de la otra, el nuevo, pluma pero de ganso. El viejo, sentado en una silla rota abandonada en el granero, el otro, en un cajón de fruta, los dos con las patas cruzadas y fumando cigarrillos con envoltura de chalas de maíz.
-Al fin de cuentas, era necesario que las andadas del amo se descubrieran alguna vez. Está mal pretender a la mujer de otro. ¿Qué conciencia moral tiene ese hombre?- argumenta el gallo viejo.
-Ya sabés que Locke sostiene que no hay nociones morales eternas, que la conciencia es la opinión que nosotros tenemos de la rectitud moral de nuestras acciones. Si a él le parece que lo que hace está bien, ni vos ni nadie puede contradecirlo... Además, sos el menos indicado para hablar, porque todos saben que Cocoquita te mueve el piso, y ella es casada y con hijos (1). Además, estás al servicio del amo, no podés cuestionar sus acciones y actuar en consecuencia, obteniendo a la vez rédito por trabajar para él. – responde el nuevo.
-¿ De qué rédito me estás hablando, de unas pocas semillas prácticamente incomibles?
-Bueno... en definitiva es como dice Kant: el valor moral de una acción reside únicamente en el principio por el cual se la realiza, no en aquello que se quiere lograr. No debés trabajar por la recompensa, sino porque trabajar supone un esfuerzo valioso en sí. El deber, amigo, el deber y la buena voluntad...
-¿Vos, bicharraco obsecuente, me vas a decir eso? Además, para Kant también es un deber asegurar la felicidad propia. Por otra parte, no es leal reemplazar a alguien que ha estado a tu servicio por años sin darle una oportunidad para enmendarse.- evidentemente nuestro héroe ha desistido de sus antiguos propósitos revolucionarios.
-¿Cómo confiar después de algo así? El amo no es tonto, conoce las debilidades de los gallos, como la de querer cantar a las cinco, así que es lógico que haya querido reemplazarte, por miedo a que reincidas. Vos mismo dijiste: es un deber asegurar la felicidad propia, pues el que no está contento con su estado puede ser víctima de la tentación de infringir sus deberes. Mejor entonces que vos te dediques a ser feliz y que el amo haga lo propio.
-¡Cortala con Kant!¿vos no podés cometer el mismo error que yo?
-Lo veo poco probable.
-¡Ay, sí, ay, sí! Ya vas a ver en un par de meses cómo te va a tratar ese delincuente. Ahora porque sos nuevo.
-No lo creo, jamás me he tenido que quejar en mi vida, no me va a pasar ahora. Además, mirá el lado bueno. Por lo menos no te pasó lo mismo que al gallo de un amigo de Mirta I., mi antigua dueña, que lo dejaron de lado por un cordero, un animal tan estúpido...
Se escucha, entonces, la voz del Chancho Estévez:
-¡Che, cortenlannn! No se hagan los erupditos acá. Qué sabrán de la filosofía y esas cosas, si son unos truchos ustedes dos...
Como el chancho Estévez es muy respetado en el ámbito de la granja de Antolino Martín, los dos gallos se callan.
(1) Véase Sánchez Pujol, Héctor, "Cocoquita la gallina mamita", Bs. As., Editorial Sigmar, 1988, con ilustraciones de Chikie.
Gran contienda se establece entre los dos gallos. En una esquina, el viejo, peso pluma, de la otra, el nuevo, pluma pero de ganso. El viejo, sentado en una silla rota abandonada en el granero, el otro, en un cajón de fruta, los dos con las patas cruzadas y fumando cigarrillos con envoltura de chalas de maíz.
-Al fin de cuentas, era necesario que las andadas del amo se descubrieran alguna vez. Está mal pretender a la mujer de otro. ¿Qué conciencia moral tiene ese hombre?- argumenta el gallo viejo.
-Ya sabés que Locke sostiene que no hay nociones morales eternas, que la conciencia es la opinión que nosotros tenemos de la rectitud moral de nuestras acciones. Si a él le parece que lo que hace está bien, ni vos ni nadie puede contradecirlo... Además, sos el menos indicado para hablar, porque todos saben que Cocoquita te mueve el piso, y ella es casada y con hijos (1). Además, estás al servicio del amo, no podés cuestionar sus acciones y actuar en consecuencia, obteniendo a la vez rédito por trabajar para él. – responde el nuevo.
-¿ De qué rédito me estás hablando, de unas pocas semillas prácticamente incomibles?
-Bueno... en definitiva es como dice Kant: el valor moral de una acción reside únicamente en el principio por el cual se la realiza, no en aquello que se quiere lograr. No debés trabajar por la recompensa, sino porque trabajar supone un esfuerzo valioso en sí. El deber, amigo, el deber y la buena voluntad...
-¿Vos, bicharraco obsecuente, me vas a decir eso? Además, para Kant también es un deber asegurar la felicidad propia. Por otra parte, no es leal reemplazar a alguien que ha estado a tu servicio por años sin darle una oportunidad para enmendarse.- evidentemente nuestro héroe ha desistido de sus antiguos propósitos revolucionarios.
-¿Cómo confiar después de algo así? El amo no es tonto, conoce las debilidades de los gallos, como la de querer cantar a las cinco, así que es lógico que haya querido reemplazarte, por miedo a que reincidas. Vos mismo dijiste: es un deber asegurar la felicidad propia, pues el que no está contento con su estado puede ser víctima de la tentación de infringir sus deberes. Mejor entonces que vos te dediques a ser feliz y que el amo haga lo propio.
-¡Cortala con Kant!¿vos no podés cometer el mismo error que yo?
-Lo veo poco probable.
-¡Ay, sí, ay, sí! Ya vas a ver en un par de meses cómo te va a tratar ese delincuente. Ahora porque sos nuevo.
-No lo creo, jamás me he tenido que quejar en mi vida, no me va a pasar ahora. Además, mirá el lado bueno. Por lo menos no te pasó lo mismo que al gallo de un amigo de Mirta I., mi antigua dueña, que lo dejaron de lado por un cordero, un animal tan estúpido...
Se escucha, entonces, la voz del Chancho Estévez:
-¡Che, cortenlannn! No se hagan los erupditos acá. Qué sabrán de la filosofía y esas cosas, si son unos truchos ustedes dos...
Como el chancho Estévez es muy respetado en el ámbito de la granja de Antolino Martín, los dos gallos se callan.
(1) Véase Sánchez Pujol, Héctor, "Cocoquita la gallina mamita", Bs. As., Editorial Sigmar, 1988, con ilustraciones de Chikie.
jueves, noviembre 10, 2005
Historia del gallo por partes/I
(Siguiendo la línea de la amiga de la casa, Pillow of winds, acá va una historia en partes. Con la parsimonia que me caracteriza, la iré completando)
Rebelión en la granja
Antolino Martín, un granjero de pro, tiene amoríos con una señora casada de una hacienda de por ahí. Por eso, aprovecha las mañanas, que es cuando el marido se va a la ciudad, para hacerle alguna que otra visita.
Como a Antolino le gusta mucho dormir, tiene el hábito de ponerle cuerda a su gallo para que kikiriquee recién a las nueve y media, y así poder ir a ver a la señora a las diez, hasta las doce, porque a las doce y cuarto llega el marido. Al gallo le revienta tener que kikiriquear tan tarde, cuando los otros gallos lo hacen a las cinco, porque es la hora en que las gallinas se ven peor (les encanta burlarse de las gordas) y además porque no les gusta dormir demasiado. Este gallo se despierta temprano, esa costumbre no la modifica ni loco, pero se aburre como un clavo en caja de herramientas hasta las nueve y media. Y detesta la ansiedad que le provoca tener el kikiriqueo a flor de piel todo ese tiempo.
Un día dice basta, basta de tanta opresión, de tanto laburo para un tipo que solamente le da unas pocas semillas mugrosas dos veces al día y decide empezar a kikiriquear a las cinco, como Dios manda.
Después de que esa noche el granjero le pone cuerda y se mete en su casa, el gallo le pide a un pato que cambie la hora. Con un poco de dificultad (el bicho debe realizar la operación con su torpe pico de pato), se logra modificar el horario para las cinco. Así es como nuestro héroe por primera vez en mucho tiempo (sí, hubo tiempos mejores...) canta cuando se le canta.
Antolino se levanta al escucharlo, y, como tiene confianza en el funcionamiento de su gallo, se prepara y se va, a pesar de que le extraña que el día esté un poco más oscuro de lo usual. Debe ser el sol el que no anda muy bien que digamos. No puede comprobar la hora que es porque jamás le gustaron esos avances tecnológicos como los relojes, que al final son puro aparato y de ninguna manera se asemejan a un recurso de la naturaleza, aunque el sol haya tenido algún desperfecto esta vez.
Así que, cuando llega a eso de las seis a la hacienda, entra sin golpear para darle una sorpresa a la amada y se encuentra con el esposo preparando el desayuno. Lógicamente, este señor no es ningún tonto, y ya de entrada se aviva cuando lo oye gritar a Antolino desde afuera "¡mi princesita, mi princesita!". Lo saca a las patadas de la casa, el muy celoso, y le advierte que nunca vuelva a pisar su propiedad. Antes de salir despedido, el granjero alcanza a verificar la hora en el reloj de la cocina: son las seis menos cinco.
Cuando llega a su casa, comprueba que el gallo cantó mucho más temprano de lo previsto y seguro de no haber sido él quien se equivocó al ponerle cuerda, decide comprar uno nuevo, reticente aún a adquirir un despertador.
El gallo se lamenta la llegada del nuevo compañero, más joven que él, más vistoso y al que Antolino Martín, el granjero de pro, le prodiga grandes cuidados. Sufre por tener que competir por las gallinas y por seguir comiendo semillas podridas mientras que al otro le dan de esas con gusto a tutti-frutti. Y lo que más le duele es que tiene vedado kikiriquear a fuerza de una expulsión o de servir de cena de fin de año.
Rebelión en la granja
Antolino Martín, un granjero de pro, tiene amoríos con una señora casada de una hacienda de por ahí. Por eso, aprovecha las mañanas, que es cuando el marido se va a la ciudad, para hacerle alguna que otra visita.
Como a Antolino le gusta mucho dormir, tiene el hábito de ponerle cuerda a su gallo para que kikiriquee recién a las nueve y media, y así poder ir a ver a la señora a las diez, hasta las doce, porque a las doce y cuarto llega el marido. Al gallo le revienta tener que kikiriquear tan tarde, cuando los otros gallos lo hacen a las cinco, porque es la hora en que las gallinas se ven peor (les encanta burlarse de las gordas) y además porque no les gusta dormir demasiado. Este gallo se despierta temprano, esa costumbre no la modifica ni loco, pero se aburre como un clavo en caja de herramientas hasta las nueve y media. Y detesta la ansiedad que le provoca tener el kikiriqueo a flor de piel todo ese tiempo.
Un día dice basta, basta de tanta opresión, de tanto laburo para un tipo que solamente le da unas pocas semillas mugrosas dos veces al día y decide empezar a kikiriquear a las cinco, como Dios manda.
Después de que esa noche el granjero le pone cuerda y se mete en su casa, el gallo le pide a un pato que cambie la hora. Con un poco de dificultad (el bicho debe realizar la operación con su torpe pico de pato), se logra modificar el horario para las cinco. Así es como nuestro héroe por primera vez en mucho tiempo (sí, hubo tiempos mejores...) canta cuando se le canta.
Antolino se levanta al escucharlo, y, como tiene confianza en el funcionamiento de su gallo, se prepara y se va, a pesar de que le extraña que el día esté un poco más oscuro de lo usual. Debe ser el sol el que no anda muy bien que digamos. No puede comprobar la hora que es porque jamás le gustaron esos avances tecnológicos como los relojes, que al final son puro aparato y de ninguna manera se asemejan a un recurso de la naturaleza, aunque el sol haya tenido algún desperfecto esta vez.
Así que, cuando llega a eso de las seis a la hacienda, entra sin golpear para darle una sorpresa a la amada y se encuentra con el esposo preparando el desayuno. Lógicamente, este señor no es ningún tonto, y ya de entrada se aviva cuando lo oye gritar a Antolino desde afuera "¡mi princesita, mi princesita!". Lo saca a las patadas de la casa, el muy celoso, y le advierte que nunca vuelva a pisar su propiedad. Antes de salir despedido, el granjero alcanza a verificar la hora en el reloj de la cocina: son las seis menos cinco.
Cuando llega a su casa, comprueba que el gallo cantó mucho más temprano de lo previsto y seguro de no haber sido él quien se equivocó al ponerle cuerda, decide comprar uno nuevo, reticente aún a adquirir un despertador.
El gallo se lamenta la llegada del nuevo compañero, más joven que él, más vistoso y al que Antolino Martín, el granjero de pro, le prodiga grandes cuidados. Sufre por tener que competir por las gallinas y por seguir comiendo semillas podridas mientras que al otro le dan de esas con gusto a tutti-frutti. Y lo que más le duele es que tiene vedado kikiriquear a fuerza de una expulsión o de servir de cena de fin de año.
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